Abandonar no es una opción: la triste normalización de la mala tenencia animal

El abandono de mascotas no es solo un problema de recursos, es una falta de ética y compromiso. Descubre las consecuencias sociales y cómo podemos ser parte de la solución.

Sara Vieira

7/30/20253 min read

three dogs sitting on the ground in the fog
three dogs sitting on the ground in the fog

Hace poco atendí en consulta a una perrita vieja que llevaba quince días comiendo poco, más delgada y más apática frente a su entorno, según lo comentó un residente empático con la situación. Vivía en un conjunto residencial de casas campestres: era de todos para saludar, pero de nadie a la hora de responsabilizarse por su salud física y emocional. Dicen que llegó un día lluvioso, y al encontrar un pequeño espacio para pasar el momento, decidió hacer su vida allí. Cuidaba y se alegraba con cada saludo, batiendo su cola. Los residentes creían que, por aportar para un bulto de comida y un plato de agua, ya todo estaba solventado. Pero no. No entendieron sus ojos cansados, su caminar pausado, su dificultad para moverse. Hoy sobrevive gracias al buen corazón de una persona, pero también a pesar de la indiferencia de muchos otros.

Historias como esta se repiten por millones en todo el mundo. El abandono animal, lejos de ser un accidente, es un reflejo directo de la cultura en la que vivimos: una cultura de mala tenencia y de repudio hacia los seres sintientes, especialmente los animales domésticos. Usamos, nos cansamos y desechamos. Pasó con los objetos, y ahora también pasa con los seres vivos. Qué paradoja: este año se expidió una ley que reconoce a los animales de compañía como parte del núcleo familiar, pero se estima que, de la población canina mundial, alrededor del 75 % es callejera.

Las excusas abundan: que me cambié de casa, que el perro creció mucho, que ya no tengo tiempo, que ladra, que muerde, que ensucia, que estoy embarazada, que me divorcié. Muchos incluso los dejan salir “un ratico” y no los vuelven a buscar. Otros los entregan a fundaciones o albergues cuando envejecen, enferman o, simplemente, cuando se hace más fácil dejar de asumir la responsabilidad de cuidar a un ser sintiente con necesidades similares a las nuestras, como si fueran una carga y no parte de la familia.

Pero no se trata solo de falta de tiempo o recursos. Se trata de falta de compromiso, de empatía, de ética. Porque una mascota no es una moda, ni un juguete. Es un ser que siente, sufre y espera de nosotros algo tan simple como coherencia, cuidado, respeto y amor.

Lo que muchas personas no saben, o no quieren ver, es que detrás de cada perro abandonado hay consecuencias que nos afectan a todos. Perros enfermos en la calle representan un riesgo para la salud pública. Perros sin esterilizar multiplican el problema. Perros con hambre y miedo pueden morder, causar accidentes o morir atropellados. Pero, sobre todo, cada uno de ellos es la prueba viviente de nuestra indiferencia.

La cifra es alarmante: el 91 % de los perros que están en fundaciones o albergues son encontrados por la ciudadanía, ya sea porque eran agresivos, estaban enfermos, tenían problemas conductuales, por mudanza o vejez. Muchos no alcanzan la edad adulta; mueren por enfermedades, hambre o atropellamientos antes de cumplir un año. Y, aun así, seguimos comprando, adoptando irresponsablemente, regalando y abandonando.

¿Dónde quedó la responsabilidad? ¿Dónde quedó el respeto por la vida? ¿Dónde quedó la frase “mis derechos terminan donde comienzan los de los demás”? ¿O es que no aplica para los animales, solo porque no tienen la capacidad de expresarse con palabras?

El abandono animal es una crisis silenciosa que no se soluciona con más albergues ni con campañas momentáneas. Se soluciona educando, tomando conciencia personal, regulando, esterilizando, adoptando con conocimiento y, sobre todo, dejando de ver a los animales como descartables.

Porque, al final, el perro no es el problema. El problema somos nosotros.